Turismo solidario en Marruecos: La caravana del desierto

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Desde mi primera experiencia de turismo solidario en el desierto marroquí en Navidad, estaba deseando volver a la hamada. Los bereberes llaman así a esa extensión de terreno sin límites, plana y vacía, que significa literalmente “la nada”. Las dunas también me habían encantado pero lo de la inmensidad silenciosa a mi alrededor era algo que me tenía totalmente enganchada.

El tiempo no para y volvió a llegar el final de 2017. Por fin, mi momento. Después de todo el día viajando, habíamos llegado a Merzouga cuando era de noche y no podía ver el paisaje, pero sabía que estaba ahí.

Cris y Said eran nuestros monitores. Éramos 17 personas dispuestas a caminar por el desierto en compañía de los dromedarios y a dormir en jaimas y casas de adobe sin muchas comodidades. Simplemente felices con la sencillez del viaje y lo especial del entorno.

Entre una noche y otra parecía que pasaba mucho más tiempo. ¡Todo puede ser tan intenso en el desierto! No hay nada, nada que te subraye las diferencias entre los días. El concepto del tiempo se transforma y no hay nada que te haga desear alejarte de allí ni saber de los mundos de los que venimos.

Mi vuelta a este lugar no me defraudó en lo más mínimo. Muy al contrario, superó con creces mis expectativas. Estaba disfrutando de cada momento del día, de observar cómo se hundían las patas de los dromedarios en la arena templada de la mañana, del cielo azul límpido, de no esperar nada y, sin embargo, encontrar todo.

Una conexión con el universo

La hamada, el sitio perfecto para expandirse sin límites. La primera tarde que llegamos a la escuela, ahí, en medio de la planicie, estaba cayendo el sol. Mis compañeros de viaje jugaban al balón con los niños sonrientes allí criados en total libertad. El atardecer nos regalaba una luz rosada, suave como una caricia que se proyectaba al final del paisaje. La luna brillaba ya en lo alto y yo eché a andar, alejándome de nuestro habitual alboroto, sin saber qué me llamaba, cuál era el sentido de caminar hacia lo que me parecía el infinito. Me alejé lo suficiente del jaleo, ya no escuchaba las voces ni las risas, puede que ni siquiera mis pasos. Todo, la luz, el horizonte, la luna, las primeras estrellas en el cielo, el silencio, todo estaba lleno de amor.

“Me gusta coger un puñado de arena y dejarlo escapar entre mis dedos. Podría ser un símbolo del tiempo pasando y, sin embargo, para mí, hacerlo es la ausencia de él.”

El turismo solidario es algo muy diferente. No teníamos más que ese bellísimo paisaje y la suerte de conocernos unos a otros sin distracciones ni prisas pues no disponíamos de electricidad ni wifi. Nuestra actividad era caminar y disfrutar de la reunión y las risas con los compañeros alrededor del fuego por la noche, también observar las estrellas y aprender las constelaciones. Cris y Said se encargaban de cocinar y era increíble lo buena que estaba la comida hecha casi sin medios.

De la nada, la ausencia del tiempo, el silencio, el calor del fuego, las estrellas, la sencillez, la esencia de la vida, las sonrisas y las sorpresas, de una suma de todo esto se compone el viaje de la caravana del desierto.

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Noche Vieja en el desierto del Sahara

La Noche Vieja en el desierto es una experiencia totalmente diferente a lo que estás acostumbrado. Teníamos la hoguera, menos de veinte personas en una casa de adobe llena de la mejor energía y todo un paisaje por el que poder pasear y perderse. Recuerdo la silueta de las dunas frente a la casa de Cris y Said en la última noche del viaje al desierto.

Algunas personas salimos a dar una vuelta por los alrededores. En aquella oscuridad tan calmada y silenciosa, disfrutamos de una Noche Vieja verdaderamente diferente. Cuando regresamos a la casa, celebramos nuestras propias campanadas sin saber muy bien qué hora era. No nos importaba. El cielo estrellado, una buena cena a la cálida luz del fuego y la mejor compañía. No necesitábamos nada más.

Artículo publicado en blog Viento Norte Sur

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